Mi abuelo nos contaba que en su niñez la “seño” imponía disciplina a los alumnos valiéndose de una vara de membrillo, método que hoy espanta al más severo entre los severos -al igual que los reglazos en los dedos o los jalones de orejas, patillas y pelo; o cargar libros al rayo del sol, o pasar al frente del salón para hincarse sobre un par de corcholatas-.