Nací en el turbulento año de 1968, cuando el sur de la Ciudad de México aún era un lugar tranquilo y alejado del bullicio.
Vivíamos cerca del Periférico, a la altura del Estadio Azteca. Para mí es como si esa mole construida para el Mundial México 70 hubiera estado desde siempre ahí: formaba parte de mi panorama urbano de todos los días y de algunas noches en que brillaba con su resplandor, anunciando que había juego. Lo conocí de niña, con mi abuelo, por quien adopté como propio al equipo de casa.