Se han cumplido 86 años desde aquella tarde de junio en que llegó a Veracruz el buque Mexique, un navío cargado, no de petróleo, no de autos europeos, ni de contenedores, sino de niños, unos 500 niños. Sus padres buscaban salvarlos de las garras de la guerra civil española a un precio altísimo: separándose de ellos, enviándolos a un país del que desconocían casi todo: desde su ubicación en el mapa hasta el destino que podía o no ofrecer. Esperanzados en un desprendimiento temporal, un par de meses quizá, ya luego los traerían de regreso y se reencontrarían, al menos ese era su deseo.