Los seguidores de Jesús inicialmente se llamaron a sí mismos “el Camino” (Hechos 9:2; 19:9, 23; 24:14, 22). Cuando el evangelio llegó a Antioquía, algunas personas comenzaron a referirse a ellos como cristianos (Hechos 11:26). El nombre significaba que pertenecían al grupo asociado con Jesucristo. Eventualmente, los creyentes lo adoptaron ellos mismos. Hoy, los seguidores de Jesús todavía se llaman a sí mismos “cristianos”.
Cuando reclamamos este título, estamos haciendo más que identificarnos con un grupo o una iglesia. Nos estamos identificando con Jesús. Según el versículo 5, Pablo dice que nuestra forma de pensar produce una forma de ser. Debemos tener la misma actitud que Cristo. ¿Cómo hacemos esto? Pablo identifica tres características. Primero, debemos recordar el amor, el compañerismo, la ternura y la compasión que experimentamos de Cristo (v. 1). Segundo, reconocemos lo que Jesús ha hecho por y en nosotros (vv. 6–11). Debemos entender el evangelio y sus implicaciones. Tercero, comenzamos a tener la mente de Cristo cuando seguimos a Jesús en Su camino de vida (vv. 2–4).
El orden es importante aquí. Debemos conocer y experimentar a Jesús antes de poder imitarlo. Sin duda, esta es la razón por la que Pablo pasa la mayor parte de estos versículos describiendo la naturaleza de la obra de Cristo. En el fondo, vemos una serie de acciones en las que Cristo “se despojó a sí mismo” (v. 7 LBLA). Los teólogos han escrito volúmenes sobre esta frase. Pero Pablo explica lo que quiere decir en los versículos que siguen. Jesús se despojó a Sí mismo asumiendo la naturaleza humana y humillándose hasta la muerte en la cruz (vv. 7–8). Debido a que hizo esto, “Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre” (v. 9).