Lee Salmos 42:1–11
Cuando visualizo un ciervo, inmediatamente me imagino al venado de cola blanca, común en la mayor parte de Norteamérica. Esta imagen predefinida podría ser engañosa, ya que en la Biblia la palabra “ciervo” puede referirse a diversas criaturas, como la cabra montés, la gacela, y otras especies de la familia de los cérvidos. A Israel se le permitía comer ciervo (Deuteronomio 15:22) y, aunque se considera un animal “limpio” (comestible), en ninguna parte se menciona que sea un animal de sacrificio. Se los describe como llenos de gracia y hermosos (Proverbios 5:19), criaturas conocidas por su velocidad, agilidad y esbeltas patas.
En el Salmo 42, el salmista comienza con una imagen vívida: “Como ciervo jadeante que busca las corrientes de agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo podré presentarme ante Dios?” (Salmo 42:1–2). Esta comparación entre la sed de agua de un ciervo y la sed del alma por Dios capta a la perfección la esencia de nuestra hambre espiritual. Es más probable que el ciervo busque agua en una época de sequía que cuando intenta escapar desesperadamente cuando es cazado.
El profundo anhelo del salmista por Dios refleja una profunda conciencia de su necesidad de presencia e intimidad divinas. El uso de “todo mi ser” otras versiones utilizan “alma mía” en el versículo 1 en lugar de solo “yo” amplía la metáfora de la sed no solo de agua física, sino también de necesidades espirituales. Así como el agua es esencial para la supervivencia de un ciervo, también lo es la presencia de Dios para nuestro bienestar espiritual. El alma del salmista tiene sed del Dios vivo, enfatizando que nada más puede satisfacer este anhelo espiritual interior.
Ora con nosotros
Señor, reconocemos nuestra profunda dependencia de Ti. Como el salmista, clamamos a ti: “Tengo sed de Dios, del Dios vivo” (Salmo 42:2). Satisface nuestra hambre y sed espirituales, Te rogamos, con el agua viva de Tu Palabra.