Si bien a veces puede ser difícil de hacer, amar a nuestro prójimo es fundamental para obedecer a Dios. Cuando se le preguntó cuál de los mandamientos era el más grande, Jesús respondió:
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente. . . . Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas dependen de estos dos mandamientos” (Mateo 22:37–40).
En el pasaje de hoy, Salomón da tres ejemplos de cómo amar a nuestro prójimo. Primero, no debes negar “un favor a quien te lo pida” o desanimarlo si podemos ayudarlo hoy (v. 27). Si puedes ayudar, entonces deberías hacerlo, nos dice Salomón. Expresar amor ayudando a los necesitados es un acto de obediencia a Dios.
Segundo, se nos dice “no trames el mal contra tu prójimo” (v. 29 LBLA). Este es el lado opuesto del primer ejemplo. Por un lado, debemos salir de nuestro camino para ayudar. Por otro lado, debemos evitar planear el daño. Suena casi tonto, ¿verdad? ¿Por qué planearías dañar a tu prójimo? Pero, si somos honestos, cuando estamos recogiendo la basura que dejó nuestro vecino por decimotercera vez, puede ser un poco más difícil no planear el mal contra él.
Y finalmente, se nos dice “no pelees con nadie sin motivo” (v. 30 NBLA). La clave aquí es la frase “sin motivo”. Hay razones buenas y justas para la confrontación y a veces no confrontar a tu hermano o hermana puede ser muy poco amoroso. Sin embargo, acusarlos sin causa es falta de amor. Necesitamos la sabiduría del Señor y la guía del Espíritu para navegar nuestras relaciones con el amor por los demás como nuestro principio.