Al conocerse el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Manuel Azaña le pidió a Diego Martínez Barrio que se pusiera al frente del Gobierno para intentar convencer a los generales rebeldes: quería que detuvieran el «horror» que acababan de desencadenar. El teléfono del general Mola, el único que realmente podía parar la guerra en ese momento, sonó a las cuatro de la madrugada. Mola respondió con educación y frialdad: «¿Don Diego Martínez Barrio? Le escucho respetuosamente». El general Rafael Dávila Álvarez, autor de 'La Guerra Civil en el Norte', nos cuenta qué se sabe de aquella negociación.

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