A fines de 1973 el director de cine William Friedkin estaba en serios problemas. La música que había escogido para su más reciente película, una cinta de terror, no terminaba de convencerlo.
El gran problema es que faltaba poco para el estreno y todavía no lograba encontrar ese sonido tan especial que estaba buscando. Y estaba en eso cuando un día fue a visitar a su amigo, el presidente de Atlantic Records, quien puso en el tocadiscos el álbum “Tubular Bells”, el debut de un joven Mike Oldfield. Esta música fue la elegida por Fridkin para El Exorcista.

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