Hablar de igualdad entre hombres y mujeres en la Iglesia Católica todavía parece una utopía en 2024. Pero el clero envejece y el Vaticano ha dado algunos pasos pequeños para abrirse. Eso ha hecho que algunas mujeres se pongan al frente de sus parroquias y suban al altar a predicar. No son curas porque la Iglesia no permite que una mujer sea sacerdote, pero sí leen los Evangelios. En Ortuella, un municipio próximo a Bilbao, es Blanca Tejera la encargada de hacer las Asambleas Dominicales en Ausencia de Presbítero, porque no se les puede denominar misas oficialmente. Ella llega al púlpito con algo de camino andado porque hace 40 años un grupo de mujeres anónimas fueron las pioneras en organizarse en Euskadi. Desde sus ermitas abrieron camino a equipararse a los hombres dentro de la Iglesia. Para conseguirlo “o primero que habría que hacer es desacreditar a Juan Pablo II”, concluye Celso Alcaina, un sacerdote reconvertido en abogado matrimonialista que trabajó en el Vaticano a las órdenes del Papa Pablo VI. El camino es largo, pero ellas no se rinden.
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