En octubre, la justicia británica declaró a las redes sociales culpables de un suicidio. Fue el de Molly Russell, una adolescente británica que en 2017 acabó con su vida tras pasar sus últimos seis meses expuesta a contenido virtual sobre autolesiones y suicidio en varias plataformas. Cinco años después, un tribunal británico ha considerado que las redes sociales afectaron a su salud mental y “contribuyeron a su muerte”. Este dictamen histórico ha abierto un debate sobre la responsabilidad de las empresas tecnológicas, como Instagram o Pinterest, en la salud mental de los adolescentes.
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