Cuando se perdieron los últimos territorios de Ultramar un sentimiento de derrota y pesimismo se fraguó en la expresión “Desastre del 98”. Aunque de él surgiría un brillante movimiento literario, contribuyó a que las siguientes generaciones culparan a una España decadente que no supo conservar provincias que llevaban siglos siendo españolas.
Pero esta sensación, y sobre todo su última y trágica batalla naval, ha enmascarado datos cruciales como que España fue atacada a traición por potentes enemigos. El externo – un Estados Unidos imperialista que vulneró elementales principios éticos- y el interno, una masonería siempre antiespañola que manipulaba a los criollos insuflándoles unas ansias de independencia ajenas al grueso de la población. Ajenas porque no envidiaban en absoluto la trayectoria de las vecinas repúblicas hispanoamericanas, que abocadas a guerras y a la desigualdad jamás habían superado el nivel económico, social y cultural que cuando eran españolas.

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