Estos días el mundo deportivo español, y sobre todo la sociedad sevillana, se hacían eco del derribo de la grada de preferencia del estadio Benito Villamarín. Los béticos sentían una profunda emoción porque aficiones en España hay muchas, pero tal vez junto al Atlético de Madrid, pocas hay que logren tanta implicación emocional entre sus miembros. Y es que se despedían de la parte más antigua de un estadio construido en 1929 en la Exposición Iberoamericana, su sede desde 1939 y en la que colgó el hermoso azulejo que recordaba su adquisición en propiedad en 1961 con el escudo en la cima y el nombre de quien lo había hecho posible.

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