Una figura que se entronca en el final de la Segunda Guerra Púnica cuando Roma comenzaba la conquista activa de la península Ibérica. Derrotados los cartagineses, parecía que el proceso iba a ser para los romanos un paseo militar, pero tardarían 200 años en controlar el territorio. Para incorporar Hispania a su imperio tendrían que librar cruentas batallas, recurrir a la traición o a la presencia física y moral de su propio Cesar Augusto.
Grandes gestas españolas, con María Fidalgo Casares

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